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En este espeso silencio en que ni el vértigo se siente, la incredulidad del vacío rumora. La abuela no se da ni presta para asuntos de espantos, ni se le permite entrar en la onda supersticiosa; mucho menos a larga distancia para poder despedirse. Uno aprende a lamer heridas propias y a morder las monedas de la memoria, pero nadie enseña a penar, lejos de donde nace el luto. Frente a tan solo a un improvisado ritual, acompañado de una vela y el sonreír de su foto, la realidad se torna macabra y burlona al llorar a la extinta ya previamente ausente. Y en la noche del solitario velorio entra a acompañarme una inútil pregunta: ¿Ahora qué nos pesará más; el frio tímido de tus ausencias o el yugo terco de la mía?

© 2015 Franck de las Mercedes